Orígenes

Hay discrepancias entre los autores sobre los posibles orígenes de la masonería. Algunos encuentran sus raíces en los Misterios de la Antigua Hélade; otros, en los primitivos pueblos de Oriente; y los más acertados buscan su inicio en los collegia romanos o las agrupaciones de los constructores comacinos, insistiendo especialmente en las guildas de los arquitectos de la Edad Media. Estas agrupaciones de artesanos no sólo se ocupaban de su oficio sino dirigían sus inquietudes hacia diversos aspectos del conocimiento. Se agrupaban en logias o guildas, porque así se llamaban los lugares en que trabajaban; tareas éstas construcción de palacios, fuertes o iglesias que los fijaban por años en un mismo lugar.

Estas logias eran celosas guardadoras de los secretos del oficio y de los fueros o derechos del gremio. “Para poder ingresar era menester demostrar la posesión de ciertas condiciones morales y pasar por una ceremonia de iniciación, en la que el candidato juraba no revelar a nadie ajeno a la corporación los secretos del Arte Real. Así se llegaba desde aprendiz a maestro. Este primer período abarca, aproximadamente, desde el siglo X hasta el XV. Posteriormente, ya en el Renacimiento surgen las llamadas logias “especulativas”, que se integran a las corrientes ideológicas, siendo clara expresión del individualismo reinante en la época. Desde entonces asumen determinadas posiciones que le valen un decidido ataque de la Iglesia. A su vez, las grandes logias sostienen una firme postura racionalista, proclamando su lucha contra “la dominación espiritual reinante”.

En nuestros días, entre otras declaraciones formuladas en otros países, el Episcopado Argentino, en 1959, en un extenso documento expresó: “Desde Clemente XII en su encíclica ´In Emminenti´ de 1738 hasta nuestros días, reiteradamente los soberanos pontífices han condenado las sectas masónicas, y el Código de Derecho Canónico señala: ´Los que han dado su nombre a la secta masónica o a otras asociaciones del mismo género, incurren en excomunión´. Su S.S. Pío XII ya señaló como raíces de la apostasía moderna, el ateísmo científico, el materialismo dialéctico, el racionalismo, el laicismo y la masonería, madre común de todas ellas”.

En respuesta a estas afirmaciones, el Gran Maestre Ian Drysdale (de la Gran Logia Argentina) manifestó: “La Masonería es una institución filosófica, educativa, benéfica y filantrópica, de carácter ecuménico, al servicio de la libertad y de la dignidad del hombre. No es atea. No actúa en la clandestinidad. No existen en ella distinción de raza ni religiones… Entre masonería y comunismo, y masonería y fascismo no hay, ni hubo, ni puede haber alianzas o pactos, por ser incompatibles… La masonería está proscripta en la URSS”.

Culminando su defensa señala una extensa nómina de próceres argentinos, hombres públicos e intelectuales que han pertenecido a la masonería argentina durante el siglo pasado y el presente.

Autores masones destacan el hecho de que una considerable parte de los hombres que han integrado las logias argentinas han pertenecido a la iglesia católica.

Al margen de las controversias o de posiciones encontradas la iglesia ha condenado a través de numerosas bulas a la masonería. Baste citar la “Providas Romanorum” de Benedicto XIV (1751); la “Ecclesiam a Jesu Christo” de Pío VII; la “Quo Graviora” de León XII (1825); “Traditi Humilitati nostrae” de Pío VIII (1829); “Mirari vos” de Gregorio XVI (1832); “Quild Pluribus” (1846), “Syllabus” (1864); “Multiplicer Inter” (1865); “Ex epístola” (1865), y “Apostolica Sedis” (1869) de Pío IX; “Humanun Genus” (1884) de León XIII y un extenso documento del Santo Oficio, denominado “De Secta Massonum” (1884), entre otros, del pasado siglo